Dos Madrileños disfrutando Panamá

Costa Rica – Desove de tortugas en Ostional


El final de nuestro viaje por Costa Rica no pudo ser mejor. Después de un par de días de playa nos dirigimos hacía la Reserva Natural de Ostional.

A mediodía llegamos a la zona cercana al pueblo de Ostional, y nos pusimos a reocorrer caminos de tierra y piedras en busca de alojamiento. Al cabo de media hora de baches, pasamos por delante de un hotel con muy buena pinta, y con nuestra ya clásica escusa de que no tuvimos viaje de novios etc, optamos por darnos el capricho y quedarnos.

La elección no pudo ser mejor, nos dieron una habitación enorme con una terraza en plena selva, y vistas inmejorables.

Eramos los únicos huéspedes del hotel en ese momento y la verdad es que sus dueños, Rolf y Andreas, un par de suizos, nos cuidaron como si fuéramos familia.

Nada más llegar se ocuparon de llamar al pueblo para gestionarnos el tema de ir a ver tortugas por la noche. Espero que tengáis suerte nos decía Andreas, me dicen que la noche pasada salieron 20 tortugas.

Nosotros pusimos los ojos como platos, veinte tortugas, ¡qué pasada!

En fin, como en el pueblo de Ostional no había gran cosa que hacer nos quedamos lo que quedaba de mañana y toda la tarde en el hotel descansando y disfrutando de la piscina.

Ya a última hora, después de un rato de charleta con Johan, el encargado del hotel, le pedimos que nos recomendara un sitio para cenar y nos mandó por un camino de cabras y sin alumbrar, al lugar más remoto de la zona (aunque hemos de reconocer que muy acertado y barato), una pizzería debajo de una palapa gigante, decorada como si estuvieras en una playa en la india, con pañuelos de colores y lámparas de papel, la selva a un lado y una pequeña playa al otro.

Después de llenar el estomago, nos dirigimos hacía el pueblo donde habíamos quedado con nuestra guía local, para avistar tortugas.

El caso es que, cuando llegamos a su casa, la señora nos indicó amablemente que el guía finalmente no sería ella, sino un chaval -más bien un niño- flaquito y desgarvado que llegó al rato con las manos en los bolsillos y la cabeza baja.

Nos presentó al chico, nos dijo que acababa de comenzar a trabajar con ellos y que era la primera vez que llevaba turistas por la noche a la playa. Jaime y yo animamos al chico un montón, pero nos cruzamos una pequeña mirada como diciendo, ¡vaya, qué suerte, un principiante!

Rellenamos los tickets, formalidad necesaria para acceder con guía a la playa por la noche, y recorrimos el pueblecito hasta llegar al borde del mar.

Lo primero que nos desconcertó es lo extraño que se hace caminar por una playa completamente a oscuras, sin ningún tipo de luz que te indique por donde pisar, o como de grande o ancha es la playa, sin ver apenas el mar más que si te acercas a la orilla.

Nuestro pequeño guía, linterna en mano, encendía de vez en cuando una pequeña ráfaga roja, para reconocer la zona.

A los veinte minutos de caminar por la arena (no sabíamos que anchura tenía la playa, pero desde luego larga, era larguísima) nos dice alegre: “- Acá sale una”.

Efectivamente, en ese momento salió del agua una preciosa tortuga.

Aún a riesgo de parecer cursis ambos afirmamos que es de lo más emotivo que hemos visto nunca. No la tortuga en sí, sino más bien verla salir del agua  y con un grandísimo esfuerzo arrastrarse por la playa con sus aletas, nada preparadas para el medio terrestre, escuchando su agitada respiración.

La tortuga recorrió desde la orilla prácticamente toda la anchura de la playa, escogió el sitio idóneo, y cavó (todo lo que le permite el largo de su aleta) el agujero para poner sus huevos.

El chico nos iba dando datos sobre la especie de la tortuga, se trataba de una tortuga golfa, o lora (porque su cara recuerda un poco a la de un loro), es la tortuga que llega a las playas de Ostional en esa época, y a su vez la playa en sí, es la segunda en el mundo (después de una en Brasil) que tiene desoves masivos de tortugas.

Las tortugas normalmente vuelven a desovar a la playa en la que nacieron, y y por lo general ponen de 80 a 120 huevos.

Nuestro guía a su vez hizo un pequeño agujero por la parte trasera de la tortuga y pudimos ver como salían los huevos e iban cayendo uno a uno al fondo del nido.

Después del esfuerzo, a la tortuga todavía le queda tapar el agujero y aplastarlo a base de culetazos (¡increíbles!) y  después repetir la operación en dos o tres sitios cercanos para despistar a los posibles depredadores (buitres, perros y humanos).

Toda una hazaña.

Y es que corre el bulo de que los huevos de tortuga dan vigor sexual, y los Ticos, hace años, viendo el negocio, se lanzaban a recoger de forma masiva los huevos, tanto para consumo en el propio pueblo como para venderlos para exportar en la capital, San José.

Acompañamos a la primera tortuga en su regreso al agua, y entonces nuestro guía nos anima a tocar su concha, “- ¡¡Tóquenla, aún está mojada!!”

Nosotros no le veíamos ningún interés, pero como el chico insitía tanto decidimos hacerle caso y pasar nuestras manos por el caparazón. En ese momento, allí por donde habían pasado nuestros dedos, la concha se iluminó de un azul fosforito.

Decidimos no preguntarle al chaval por la explicación, para no ponerle nervioso en su primer día – estaba claro además que no iba a darnos tampoco una respuesta técnica – así que nos limitamos a compartir con él lo alucinante que era el fenómeno.

Caminamos un par de horas más por la playa y vimos unas ocho tortugas más, a las que seguimos para observar de nuevo todo el proceso.

Finalmente, satisfechos, dimos por terminada nuestra visita, y nos despedimos de nuestro pequeño amigo del que no hay foto, porque solo con la luz roja fue imposible… .

Sin embargo, algo nos rondaba aún por la cabeza: conseguir hacer una foto de alguna tortuga.

Así que regresamos al hotel con la idea de dormir tres o cuatro horas y volver después a la playa para tomar fotos. Como os imaginaréis, de noche está prohibido sacar el flash, y sin tener ni un solo punto de luz conseguir una foto es algo prácticamente imposible.

Pensamos entonces, que si teníamos la suerte de conseguir ver tortugas a las cuatro y media de la mañana, que es cuando amanece, podríamos llevarnos un recuerdo material de la experiencia.

Regresamos pues al hotel, y tras un pequeño traspiés por mi parte, nos echamos a dormir.

Al poco sonó el despertador, le echamos un vistazo a mi tobillo hinchado y nos armamos de valor para volver al pueblo.

En este caso se cumplió aquello de que todo esfuerzo tiene su recompensa, y es que nada más poner un pie en la arena, vimos una tortuga, y luego otra, y otra, y otra… De repente levantamos la vista y vimos decenas y decenas de tortugas en la playa y en el agua: era la primera gran arribada de tortugas de la temporada.

Y allí estábamos nosotros, prácticamente solos, porque los del pueblo andaban aún durmiendo y ni siquiera tenían noticia del acontecimiento.

Al cabo de un par de horas se empezó a correr la voz y comenzó a llegar a la playa cantidad de gente, con sus bolsas gigantes al hombro, en busca de los codiciados huevos.

Tal y como nos había explicado nuestro primerizo guía la noche anterior, el pueblo de Ostional había llegado a un acuerdo con las autoridades para proteger la conservacón de las tortugas, y el mismo consistía en que las dos primeras arribadas masivas de la temporada, el pueblo puede recoger los huevos, y utilizarlos para su consumo o venta.

El resto de arribadas se deben respetar y está prohibido que nadie recoja los huevos de las tortugas. De esta manera todos ganan, el pueblo queda contento porque no es una prohibición absoluta y puede hacer negocio, y por otro lado se consigue proteger a la tortuga golfa.

Sobre el papel, parece un buen acuerdo, pero cuando uno asiste en directo a la recolecta de huevos es inevitable sentir algo de rabia e impotencia.


Cuando ya nos marchabamos, dejando atrás a la muchedumbre y nos dirigíamos a cruzar el pequeño río que desembocaba en la playa, nos llevamos la última sorpresa del día: tres tortuguitas recién nacidas, recorriendo la playa rumbo a la orilla del mar.

Fue mucha, mucha, suerte, ya que los nacimientos se producen unos dos meses después del desove, así que estas pequeñas debían de ser fruto de alguna tortuga despistada que llegó a poner sus huevos un par de meses antes de lo habitual.

El caso es que las tres intrépidas avanzaban por la arena y después de conseguir burlar a niños, perros, y buitres, se lanzaban al agua, mientras que las fuertes olas las devolvían constantemente a la orilla.

Siguiendo las instrucciones que nuestro guía nos había dado la noche anterior, optamos por observar y no ayudarlas, pues parece que esta es una etapa importante que las tortugas deben de hacer solas.

Nos quedamos a vigilar que llegaran a su meta -sobre todo porque la playa estaba plagada de peligros ese día- escuchando los resoplidos de unos seres tan pequeñitos.

Vimos conseguir salir al mar a dos de ellas, mientras que una tercera quedó boca arriba y aleteando después del último revolcón. En ese momento, nos saltamos la prohibición y Jaime la cogió para darle la vuelta. Sí, tuvo algo de ayuda, pero fue inevitable no brindársela.

Así que las tres tortugas consiguieron introducirse finalmente en el agua, e imaginamos que iniciaron entonces su primer gran viaje. Según parece nadan sin descanso mar adentro, durante más de un día completo, para dejarse arrastrar después por corrientes, y comenzar entonces a alimentarse.

Y colorín, colorado… ¡este cuento se ha acabado!

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