Dos Madrileños disfrutando Panamá

Coiba

Pues sí, por fin Coiba.
Desde que llegamos se perfilaba como el viaje estrella de nuestra estancia en Panamá, y lo cierto es que no defraudó.

Teníamos muchas dudas de si merecería la pena visitar la isla simplemente para hacer esnórquel, pero lo cierto es que mereció la pena ¡y mucho! Lo cual nos anima a ahorrar los dolitas necesarios y a final de año poder hacer una incursión submarina en condiciones.

El viaje comenzó con los preparativos habituales y la típica pequeña pana-contrariedad divertida porque cuando fuimos a buscar nuestra furgoneta para nueve (y después de haber confirmado un par de veces por teléfono que todo estaba correcto), nos tenían preparado un 4×4 para siete personas. La anécdota se zanjó rápido, y a primera hora de la mañana del día siguiente ya teníamos vehículo en condiciones.

Previo paso por el cause way para el aprovisionamiento de vicio de los fumadores, a las tres de la tarde estábamos preparados para lanzarnos a la carretera.

Por delante, un viaje de cinco horas y media, primero por la Interamericana, y luego por una carretera de arena “bastante incómoda”. Hace un par de semanas la hubiéramos calificado de horrorosa, pero después de conocer las carreteras ticas, ahora afirmamos que, a pesar de los baches y socavones, está impecable.

Llegamos a Santa Catalina pasadas las ocho de la tarde del  viernes, aunque la noche cerrada y el cansancio hacían que parecieran las once de la noche.  Encontramos un sitio estupendo para cenar, “El Chile Rojo”,  donde repusimos fuerzas a base de comida riquísima y unas cervezas Atlas de más de medio litro la botella.  Caímos como piedras.

A las siete de la mañana ya estábamos en pie, con el bañador puesto y equipados con nuestro material de buceo, nuestros sándwiches de atún y jamonada, y un par de coolers.


El Parque Nacional está conformado por unas cincuenta islas que se conservan vírgenes, de las cuáles la de mayor tamaño es isla Coiba.
Coiba es además la isla más grande de Centroamérica  y forma parte junto con las Galápagos del Corredor Marino de Conservación del Este del Pacífico Tropical.
A pesar de que posee una gran variedad de aves y mamíferos, su gran atractivo es su fondo marino, es por ejemplo uno de los mejores lugares del mundo donde  observar al tiburón ballena.

Tomamos el bote en Santa Catalina y pusimos rumbo a la isla. El trayecto duraba más de una hora y durante este, los barqueros  nos contaban todo lo que íbamos a poder ver (tiburones, tortugas y hasta un cocodrilo que vive en la costa de la isla, en agua salada, y al que habían apodado “Tito”), como de grandes iban a ser los tiburones (“igual de grandes que vosotros” ¡muy tranquilizador!) y otras cosas.

Íbamos tan contentos con lo que nos contaban que cualquiera diría que estábamos ya delante de una increíble fauna marina.

Una vez llegados a Isla Coiba, pasamos por caja para abonar el impuesto y registrarnos en las oficinas de la ANAM. Echamos un vistazo desde un mirador de la isla, e hicimos una rápida visita por el pequeño centro de información.

De nuevo en el bote, vimos un par de monos cariblancos paseando entre las rocas y deslizándose por los árboles.

En fin, de la isla principal nos lanzamos hacía Granito de Oro, con un día que se ponía plomizo por momentos, y dificultaba bastante la visibilidad debajo del agua.

¡Vaya chasco! Aún así nos lanzamos a recorrer la isla. Yo me decidí por dar la vuelta a la isla con Nuria y Álvaro, y Jaime nos alcanzó al rato. A los quince minutos  soltó un despreocupado “me ha rozado un tiburón” que nos animó mucho a todos a nadar más rápido.
Al poco alcanzamos la parte trasera del islote, donde por fin pudimos ver algo y disfrutar de los típicos corales, peces de colores, y un tiburón pequeño en el fondo del agua.

Seguimos con nuestra pequeña expedición y las conversaciones típicas e incomprensibles que se entablan siempre que uno lleva un tubo en la boca.
Nuria nos pegó una voz porque había visto algo, y nos acercamos para ver una tortuga golfa, preciosa, que descansaba tranquila debajo del agua.
Lamentablemente no tenemos fotos, porque nuestro fotógrafo submarino oficial andaba persiguiendo peces por otro rincón del fondo del mar.

Salimos del agua como pasas, a contarnos todo lo que habíamos visto.  Nos echamos la primera balboa del día, y pusimos rumbo a otra zona de la reserva natural.

En esta segunda inmersión tuvimos más suerte aún que en la primera, parece que el día se iba despejando a medida que íbamos cambiando de ubicación, y la luz y el buen tiempo nos iban acompañando.

Y entonces vimos ¡más tiburones! El primero nos asustó un poco porque no se parecía a los que habíamos visto en la isla anterior, era gris clarito y nadaba sin apenas moverse. Le pasó a Tere a un metro mientras los algunos observábamos la estampa en primera fila.

Después de este, Víctor vio como un tiburón de los de aleta blanca se resguardaba en una cuevecilla. Y allí se atrincheraron Jaime y él, hasta que lo hicieron salir para poder grabar este pequeño video:

Algún tiburón más vio el resto del grupo, y al rato nos subimos de nuevo a la barca para dirigirnos a una playa a comer.

Después de un descanso ponemos rumbo a otra islita donde hicimos nuestra última inmersión, más corales,  peces de colores y una pequeña serpiente marina, que pusieron fin a nuestro día de esnorquel.


La barca nos llevó de nuevo de vuelta a Santa Catalina junto con el último sorpresón del día: una ballena a la que vimos brevemente salir un par de veces a respirar.

Ya en tierra firme y tras descansar un rato, nos lanzamos a buscar un sitio donde cenar.
Nos habían hablado especialmente bien de una pizzería cercana, y sin embargo nos costó lo impensable localizarla, hicimos caso omiso de todas las indicaciones de los lugareños que miraban extrañados ver pasar nuestra furgoneta en un sentido y otro de la calle. Cuando por fin dimos con el camino correcto y conseguimos llegar a la puerta de la pizzería, resultó estar cerrada.

Así que terminamos por encaminarnos de nuevo al Chile Rojo para experimentar la última anécdota del viaje, y es que se estaba celebrando ¡una boda!

Previo consentimiento de los novios, los dueños accedieron a atendernos, y encima nos brindaron su mejor mesa, en el centro de todas las demás y delante de la tarta nupcial.

Fernando se arrancó con un “vivan los novios”, después cayó algún brindis más,  y los novios nos correspondieron con un plato de almejas que estaban para chuparse los dedos y una porción de tarta para cada uno.
Abandonamos el chiringuito a la vez que los recién casados, y dimos el día por concluido.

A la mañana siguiente y ya para finiquitar la excursión del fin de semana, hicimos una parada en la Playa de Santa Catalina, que además de bonita y fotogénica, es una de la mejores playas para practicar surf en Panamá.

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2 comentarios

  1. Cris

    Chicos!!!Me dan ganas de irme a Panamá con vosotros!!!
    Nunca se sabe…jejeje, para manteneros informados, estoy con las pruebas del ICEX (ya he pasado las 2 primeras)…a ver si hay suerte y me cogen…luego ya requetesuerte y me mandan a Panamá, jejeje!
    Vamos hablando, mil besossssssssssssssss!!!

    19 julio, 2011 en 11:10

    • crisdelcastillo

      Sí!!!! Manténnos informados!! Mucha suerte con las pruebas y un besazo!

      20 julio, 2011 en 21:43

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