Dos Madrileños disfrutando Panamá

San Blas – segunda parte

Si mal no recuerdo, nos quedamos tomando copas en el comedor de Kuanidup. Bueno, ya de camino a nuestra choza a reposar.

Pues ¡retomando!

La noche no estuvo mal. Había algo de ruido de las palmeras, que confundimos con lluvia, y cierta desorientación por la hora. Pero al fin y al cabo dormimos bien, despertándonos con las primeras luces del día.

De vuelta al comedor común, desayuno de piña y pan con mermelada y a las hamacas… no vaya a ser que estuviéramos demasiado tiempo en vertical y eso causara algún daño irreparable en la columna. Hacíamos tiempo para la excursión de la mañana, a un par de islas, cada una con su atracción.

Y es que en San Blas, con más de 360 islas, para atraer a los turistas hay que especializarse. Por eso tenemos Isla Perro (o Achutupo), la del barco hundido. Y la de las estrellas, con decenas de estrellas de mar gigantes. O la de las caracolas, donde parece que se encuentran las más bonitas. Y más, claro: las que no tienen palmeras, las que tienen muchas, en la que se pescan langostas  en la que se ven delfinas etc. Nosotros visitamos las dos primeras, como veréis en las fotos. En cada isla, una tarifa unificada de dos dolitas por cabeza.

Y allí nos llevaron, a Achutupo, que tiene hasta un puestecito de molas donde se quedaron Cris y su madre, mientras yo me adentraba – gafas, tubo, aletas y cámara en ristre – en las aguas en busca del galeón hundido. Bueno, teniendo en cuenta que sobresalía del agua y que eran apenas 50 de la orilla, la búsqueda fue corta. También hay que añadir que no es un galeón sino un barco moderno (¿Pesquero?) que lleva algunos años maquillándose bajo el agua con algas, corales y pececillos de colores. Luego vino Cris a investigar el lugar y estuvimos sacando fotillos. Muy bonito y curioso, con recovecos, bodegas y otros lugares oscuros, a los que por supuesto ni nos acercamos.

Tras esto, y un roce con un coral (tipo ortiga marina, muy agradable), volví a la orilla, mientas Cris seguía con su madre buceando por la zona. Luego nos embarcamos de nuevo hacia la segunda parada: la de las estrellas. De camino vimos un criadero de langostas con un tipo recogiéndolas en plena veda (no pudimos probar nada de marisco) y vimos también como pescaban un atún en nuestra barca (delicioso, como veríamos después) antes de desembarcar en Isla Estrella (no se llama así, pero qué más da).

Efectivamente, en dicha isla había estrellas de mar por todos lados. No son del tipo escuálido que vemos en España, sino grandes, pesadas y gordas. No dejamos de preguntarnos como podía ser que específicamente en esa isla hubiera tantas estrellas mientras que en otras, a escasos kilómetros y con el mismo clima, no hubiera ni rastro. Quién sabe. Pero el dueño se llevó sus dos dólares correspondientes.

Con esto concluyó la atracción del día, vuelta a Kuanidup a comer y por la tarde última sesión de fotos por los mejores rincones del lugar. Cada uno buscaba su rincón, ya fuera hamaca, toalla o apoyado en una palmera y a no hacer nada. Tan tranquilo es el sitio que hablamos en voz baja, como si fuéramos a molestar a alguien con el tono.

Cenamos los atunes que pescaron nuestros anfitriones mientras jugábamos con las estrellas, copita de rigor y a la cama, que sin luz allí hay poco que hacer. Bueno, charlamos un rato con la pareja Australiano-canadiense (recordemos, ella Canadiense y él Australiano, de camino a una boda de una amiga de ella en República Dominicana, que parece que es la moda en Canadá). Nos contaron que para llegar a la isla, como no habían conseguido billete de avión, tuvieron que ir hasta Miramar (costa de Panamá, último pueblo antes del Kuna Yala) y tomar un barco tres horas (donde vieron delfines, por lo menos) hasta Kuanidup. Qué ganas. Además, el barquero que les llevó no tenía muy claro cuál era la isla y llegaron de milagro. Con esto, el regreso se planteaba digamos que incierto. El mismo barquero le tenía que recoger al día siguiente, pero no habían vuelto a tener noticias de él ni había forma de contactarle. Me temo que no sabemos más de su aventura, así que confiemos que todo les salió bien.

Al día siguiente nos levantamos antes que el sol para regresar a Panamá. Barca hasta el aeropuerto y luego, típico allí, tormenta de bigote que retrasó un par de horas el vuelo. Y yo que iba directo al trabajo… Mientras, pudimos ver el despliega de las mujeres Kunas, que montaron en esos minutos todo un mercadillo de merchandising local de todo tipo. Dado que la espera fue larga, algo cayó por el lado femenino de la expedición. La razón del montaje era un crucero con 400 almas hambrientas de suvenires que se acercaba a la isla. No llegamos a ver la invasión, pero el desembarco de Normandía creo que al lado era de risa.

Para concluir la aventura, vuelo corto, taxi, ducha y al curro, dónde casi ni se habían dado cuenta de mi retraso. El resto de la expedición se fue a Miraflores, donde están las compuertas del canal, luego a Gamboa (que cubriremos dentro de poco en detalle) y algo de compras, que nunca viene mal. Les acompañó nuestra amiga Angèle. Además, en esos días pudimos ir a la sastrería que inspiró la famosa novela “El Sastre de Panamá”, La Fortuna.

Gamboa, donde yo no he estado, está en la selva, a pocos minutos de Panamá, y se pueden encontrar cosas como este corredor de bambus o una iguana cruzando la carretera. Fotos de Cris, ¡claro!

Así que recargados tras la fotosíntesis sanblasera, estábamos de vuelta en el asfalto de PTY (leído pitigüai, código del aeropuerto de Panamá).

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Una respuesta

  1. Cris

    Chicos!!!!
    Que yo también estuve en Kuanidup…que recuerdos!!!
    Tenéis unas fotos preciosas…
    Seguid disfrutando y haciéndonos disfrutar a los que estamos aquí!

    Mil besosssssssssss!!!!

    29 marzo, 2011 en 11:36

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