Dos Madrileños disfrutando Panamá

San Blas – primera parte

La semana de carnavales aún dio para más. Claro, había que aprovechar hasta el último minuto los días de nuestra visita.

Pero quedaban aún algunas sorpresas buenas, y San Blas nos permitió a todos coger fuerzas. Se trata de un archipiélago en la región indígena del Kuna Yala que está formado por unas 360 islas, de las cuales algo más de 50 están habitadas.

Y es alucinante.

Tras el fin de semana en la península de Azuero, y nuestro regreso que ya os ha contado Cris, nos regalamos con una noche de 4 horas de sueño, levantarnos a las cuatro de la mañana (no hay otro horario de vuelos para llegar al paraíso) y arrastrarnos hasta el aeropuerto.

Allí nos teníamos que reunir con el contacto kuna en la ciudad.  A este hombre, Milsiades, le entregábamos el dinero y con un papelillo firmado nos asegurábamos alojamiento y manutención para todos dos días en una islita paradisíaca. Dedos cruzados…

El vuelo en avioneta podríamos decir que fue íntimo, casi en familia, porque no llegábamos a 20 pasajeros, pero no hubo incidentes. Desde las alturas ya se vislumbraban las islas que íbamos a visitar. A pesar del sueño, no dormimos demasiado en el vuelo. Cierto es que duró 20 minutos.

El aeropuerto de llegada, El Porvenir, es de postal. Una pista que alcanza apenas, rodeada de palmeras y algunas construcciones: un hotel (albergue diría yo), un bar-restaurante, el Museo de la Cultura Kuna, que no vimos, y otros edificios oficiales, como el sitio donde nos registramos y pagamos los impuestos.

De ahí llegamos a lo que fue probablemente el punto álgido de la semana: el paseo en bote. Una dulce travesía de 40 minutos cubiertos con un plástico, salpicados permanentemente por agua salada y sentados en una banqueta saltando al ritmo de las olas. Cautivador…

(Sospechamos que la guiri de las gafas del post anterior venía de este paseo y se le olvidó quitarse las gafas…)

Menos mal que lo que nos esperaba al llegar sí que mereció todo lo anterior. Una pequeña islita con un muelle de madera, todo playa alrededor, cabañas y palmeras y entre las palmeras, hamacas. Tras dejar nuestro equipaje, la mañana – era antes de las 9 – la dedicamos a probar arena, hamacas, columpio y las aguas. Muy relajante, la verdad.

Y así pasó el comienzo del día, y es que en San Blas, solo algunos momentos te dejan adivinar la hora: las comidas y el sol. La comida, no voy a entrar en muchos detalles, es normalita: un plato, pollo o pescado, con acompañamiento y fruta de postre. Nada exquisito pero cumple su función, además tuvimos mala suerte de ir en momento de veda de langosta… El último día nos pusieron de cena un atún bastante bueno, la verdad, y que habían pescado delante de nuestras narices momentos antes.


Por cierto, en esa primera comida pudimos conocer a toda una celebridad de la región: Jordi. Se trata de una chaval de 11 años, origen Kuna, que participa en un concurso de canción de la tele (Canta Conmigo, tipo OT pero de niños) y es, según ellos, el favorito. En ese momento estaba de gira por las islas para vender camisetas, gorras y demás. ¡Un momentazo!

Tras esto, teníamos la actividad de la tarde: visita a una comunidad Kuna. Cris y yo estábamos preparados para la chiquillería, y es que cuando estuvimos en Egipto nos arrepentimos de no llevar nada para los pequeños y a Panamá trajimos juguetillos de todo a cien: camaritas de plástico, silbatos, pistolas de agua etc.

Paseito en barca y desembarco en un puertecillo de la comunidad Kuna más grande de la zona. Se trata en realidad de dos pueblos separados por la plaza principal, que es una cancha de baloncesto. Me temo que somos incapaces de decir el nombre del sitio porque nos liaron un poco: creíamos ir a Río Sidra, luego Isla Makina y al final no estamos seguros. Parece ser que donde estuvimos era una isla pero que se había unido al continente a base de poner tierra.

El poblado, de unas 3.000 personas, está compuesto de cabañas, suelo de tierra y algunas construcciones más sólidas, como las salas del consejo (son dos, una por pueblo), la escuela y demás. La visita fue más bien un paseo, con mujeres Kuna ofreciéndonos molas, pero sin ser pesadas y pocas explicaciones.

Los chavalines nos iban saludando a nuestro paso con graciosos “holas”, porque prácticamente no hablan español sino su propio idioma. No venían, como en otros sitios a pegarse a nosotros y pedir, estaban jugando a sus cosas y se divertían con la visita de los turistas. Bueno, cuando vieron que regalábamos juguetillos reunimos un buen grupito a nuestro alrededor pero al poco se alejaban a jugar con su premio. La encargada de hacer de Papa Noël fue Cris, con un éxito rotundo, seguida por decenas de chavales encantados con poder hacer “fotos” de vuelta con sus camaritas de plástico.

En cuanto a las fotos, los niños estaban encantados, posaban y gritaban “foto, foto” a la primera ocasión. Alguna Kuna adulta se escondía de la cámara y solo una nos pidió tímidamente un dolita por la instantánea, pero tarde, porque ya habíamos finiquitado con el reportaje fotográfico.

Por cierto, medio pueblo estaba reunido delante de una tele viendo con calidad regular, el partido del Barça-Arsenal, apoyando a los blaugranas.

Tras esto, volvimos a nuestro retiro isleño, a pasar el rato descansando, leyendo y aprovechando las últimas horas de sol.

En la cena charlamos con un par de italianos de cerca de Bolonia y una pareja, ella canadiense y él australiano, ambos viniendo de Sidney de camino a República dominicana a una boda. De lo más curioso.

Tras un par de copillas, con la noche ya cerrada y preparados para nuestras cabañas, nos fuimos a dormir. Eran las 21:30 y parecían las dos de la mañana.

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